La
vida de Jeremías es una de las que conocemos mejor entre las de
los profetas el Antiguo Testamento. Su llamado, a temprana edad
(1:6), conformó en él una profunda vocación, en la que el anuncio
del juicio siempre prevaleció sobre el consuelo: (1:9, 10).
Con
él, la conciencia profética alcanzó un nivel más alto, y se
expresó como un constante estar "en la presencia de Dios". En un
temperamento profundamente emotivo como el suyo, y en las
condiciones trágicas de su pueblo, la comunión con Dios es una
lucha. Jeremías es tierno y sensible por naturaleza, pero su
vocación profética obliga a una constante denuncia de la
desobediencia, idolatría y rebeldía de su pueblo. Declara la
destrucción de Judá frente a la fallida reforma deuteronómica bajo
Josías. Su libro está lleno de alusiones su propia vida en
bellísimos pasajes (8:18,21; 9:1; 15:10; 20:14-18) que nos cuentan
también su lucha y agonía en la vida de ministerio profético.